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miércoles, 27 de abril de 2016

¿BUSCAR O ENCONTRAR?



No puedo comentar sobre lo que ya no es de mí.
Hace algunos días alguien que no conozco, y creo suponer tampoco me conoce, comentó que las fotografías que presento son la manifestación de una búsqueda constante, así que recomendó seguir buscando. Confieso que luego tuve muchas ganas de lanzar una carcajada, pero noté que él hablaba en serio.
No respondí y más bien decidí enfrentarme solo a semejante afirmación. Entonces intenté responder viejos temas que creí ya superados. ¿Busco algo?

Umm… ¿Busco aplausos? ¿Fama? Tal vez ¿Hacerme rico? ¿Busco ser el más popular en las redes sociales? ¿Busco ser el orgullo de mi hijo? ¿Busco la felicidad? ¿Busco amor o al amor? ¿Busco a dios? ¿Busco que me quieran? ¿Busco que me hablen? O ¿Busco que me recuerden? ¿Busco paz, felicidad y libertad? ¿Busco vengarme y ser odiado? ¿Busco insultar y maldecir a mis jefes? (ojalá haya la oportunidad de hacerlo algún día).
Hace muchos años esas preguntas me alejaban del sueño, felizmente cada una, y otras más, fueron resueltas cuando descansaba en el parque una tarde cualquiera y cruzaron por mí los lindos recuerdos de mis queridos gatos que cada uno -a su turno- decidió marchar.

No busco absolutamente nada.
No busco a dios, a la revolución ni al hombre nuevo
No busco a las brisas de otoño
No busco amor ni compañía
Tampoco busco un mejor salario
Ni que mi hijo decida volver
No busco a la mentira, a las drogas o al alcohol
No busco ser valiente
No busco comer rico, tampoco dormir más
No busco sentirme mejor
No busco aplausos ni  retenerme en la memoria, aun de las personas más queridas
No busco calor ni alejarme del dolor
No busco…

Yo me encuentro cada día, cada instante que estoy despierto
A veces por casualidad me encuentro con el amor que luego -como el aliento- se dispersa entre la gente
Me encuentro con amigos a quienes vi por solo una vez,
Me encuentro con luces de neón que desfiguran rostros y espejos
Me encuentro en la calle, a veces emputante y malcriado,
Cansado y desorientado
Me encuentro sin palabras y sin pasos
Me encuentro con la locura de mis ojos
Con las sombras que se detienen y luego se van
Me encuentro con el silencio que es más fuerte que la soledad
Por eso saco fotos, para prolongar ese encuentro
… una vez que las presento, las dejo
Se alejan y se quedan contigo.
Por eso, cómo puedo hablar por esas fotos que regalé
Si ya no son de mí.


lunes, 25 de abril de 2016

ARMINDA VALERIANO: "ANDAMOS EN LA MISMA RUEDA"



Corría junto a sus dos hijas por las calles, las plazas y los parques, preguntaba a los vecinos y pedía ayuda a las radios. Abruptamente se detenía para dar vueltas a la mirada, mientras el aliento se tomaba un respiro. No encontrarla en los hospitales le llenaba de cierto alivio, pero su tristeza doblemente se robustecía. La misma sensación le produjo cuando en la policía no sabían dónde estaba y desde la puerta se veía tan grande la ciudad que desfallecían sus piernas.
De pronto, una llamada paralizó el pulso. Una chica con las mismas características de Arminda estaba en la morgue y necesitaban reconocerla.
Seguramente sus pasos se pusieron caprichosos para no llegar a su destino, probablemente también su desesperación quería un alivio. Descubrió la sábana que cubría el rostro de la muchacha que yacía en ese mesón sucio y frío. Qué alegría, no era su hija la que esperaba que alguien diga su nombre.
Pasaron 24 horas y nadie sabía de Arminda.
Únicamente se aguardaba al nervioso ring, ring del celular y a los bruscos golpes en la puerta. Así fue, le llamaron convocándole al hospital porque había una muchacha no identificada en Terapia Intensiva. Rápidamente salió de su casa. Y sí, Arminda dormía profundamente en ese ambiente lleno de cables y aparatos.
El médico informó que estaba fuera de peligro, que recibió algunos golpes en la cabeza, pero no representaban mucha gravedad. Lo terrible, dijo el doctor, es la fractura en la espalda y debido al traumatismo ella jamás volvería a caminar.
Estuvo una semana en Terapia Intensiva y dos meses en el hospital. La operación de la espalda duró dos horas lo que provocó que perdiera mucha sangre.
Arminda Valeriano se cayó de un puente que tiene entre 15 a 20 metros de altura, cerca al barrio Patacón (Sucre). Ella tenía 16 años, cursaba el primer año de secundaria y debido al accidente pasaron varios años para que retomara a sus estudios.
Sus padres se divorciaron y desde entonces mantuvo una relación más estrecha con su madre, quien vende pipocas y papas fritas en la calle. Tiene dos hermanas que trabajan y estudian a la vez. Su papá es  maestro constructor. Cuando sufrió el accidente él trabajaba en una comunidad rural muy distante de Sucre.
“Después (de salir del hospital) me trasladaron a un centro de rehabilitación donde estuve cerca de tres a cuatro años, durante ese tiempo quise morir porque era una situación muy difícil para mí. Intenté suicidarme por tres o cuatro veces. Yo decía ¿cómo voy a vivir así? soy un parásito, no sirvo para nada. …eran días difíciles. Mi mamá me ayudaba y animaba todo el rato, por eso me pedía que salga a la calle, yo no quería porque recordaba cuando era sana y eso me entristecía”.
Después de algún tiempo se inscribió en un colegio nocturno de donde salió bachiller, mas, lo que para muchos puede tener mucha importancia, para ella no significaba mayor motivación, la idea del suicidio seguía presente porque no poder caminar significaba en los hechos perder la vida.
Se emocionaba cuando recibía visitas porque la soledad también es insoportable, asegura Arminda. Casi todo el día estaba sola puesto que su madre salía temprano a su venta y sus hermanas trabajaban o estaban en el trabajo. Su casa no tenía las condiciones para transitar en silla de ruedas, por eso no salía con frecuencia de su cuarto, esa situación le causaba un sentimiento de impotencia que le ahogaba día tras día.
Una mañana recibe la llamada de una desconocida que pide visitarla y sin más detalles quedaron en el día y la hora. Su madre antes de ir al trabajo le recomendó tener cuidado porque no “sabemos que gente puede ser”, advertía.
Desde la ventana le vio bajar de un taxi y después subió a una silla de ruedas, llegó fácilmente hasta su puerta y tocó dos veces. “Quedé sorprendida al verla, era como yo y eso me llenó de confianza. La invité a pasar y me contó su vida. Me relató sus experiencias de 14 años ayudando a las personas con discapacidad, fue una de las fundadoras de CODEPEDIS, creadora de la institución que se encargó del registró de las personas con discapacidad, gracias a eso yo tengo mi carné. Y fundó en Sucre una asociación de discapacitados”.
Ese encuentro -de algún modo- cambió su vida porque ingresó a un mundo donde ella no era la única con ese tipo de dificultades. Comprendió gracias al programa “Vida Independiente” que podía valerse por sí misma. Al poco tiempo ingresó a la Asociación Nueva esperanza que después de algunos años fue su presidenta.
“Pasé muchas cosas terribles, tuve distintas bajas, pero llegué hasta aquí. Me superé y ya no quiero morir, más bien quiero impulsar a muchos por un cambio, donde las personas con discapacidad seamos incluidas. Ahora soy independiente, vivo sola, pago mi alquiler y mis papás me apoyan, me ayudan con las cosas que me faltan. Junto a la asociación Nueva Esperanza damos asistencia personal. Estudio en la carrera de Trabajo Social y estoy ayudando en esta campaña, por todo eso me siento muy productiva”.
Arminda Valeriano
Tener la discapacidad física contrae diversas dificultades, las que serían –si se quiere- soportadas si existieran condiciones que posibiliten el tránsito de las sillas de ruedas, de los bastones y de las muletas. Las aceras son angostas, es prácticamente imposible ingresar a los mercados, a los centros educativos, a la Universidad, a los centros comerciales, a los micros y a casi a todas las instituciones públicas, como también privadas, si no se cuenta con la colaboración de alguien. No existen rampas, esos edificios están pensados para los otros, negando así la existencia y la presencia de las personas con discapacidad.
Esta negación se manifiesta a través de diferentes actitudes recurrentes. Arminda cuenta que durante estos años muchos le gritaron en la calle cuando pedía espacio para transitar en las aceras o poder subir a un micro
-         ¡Para qué sales a las calles, deberías quedarte en tu casa! ¡Si yo estuviera enferma no saldría de mi casa!
A diferencia de los “otros” los discapacitados gastan más en trasporte. Como no pueden ingresar a los micros porque no cuentan con sistemas mecánicos que ayuden a subir con la silla de ruedas, deben utilizar taxis donde pagan 10 bolivianos por carrera. “Cuando mi mamá me llevaba a mis curaciones, pagaba 5 bolivianos por curación y 20 bolivianos por el taxi.
Lo evidente es que no existe la voluntad política para cumplir la ley 2023 que establece la obligatoriedad de crear rampas y otros sistemas que faciliten el acceso a las instituciones comerciales, financieras y educativas, etc. Por tanto, si no existen estas condiciones, difícilmente podrán lograr un trabajo que les ayude a tener una vida digna.
“Si bien el tema de la discapacidad se ha visibilizado con mayor fuerza en los últimos años, lastimosamente andamos en la misma rueda, volvemos a tropezar con las mismas cosas, porque no se toma en cuenta la participación activa de las personas con discapacidad y, contradictoriamente, la actual ley 223 señala que nosotros debemos ser los principales actores de las políticas públicas en favor del sector, por ejemplo, cuando la Alcaldía decida hacer una rampa ahí tiene que estar la persona con discapacidad para ver si está bien o mal proyectada porque al final los que vamos a utilizar las rampas somos nosotros, pero no siempre se piensa así, se construyen cosas desde la perspectiva de los que no tienen nuestros problemas, no se toman en cuenta la altura y el ancho de las rampas ni de las apoyaderas”.
Vigilia en la plaza 25 de Mayo

Las personas con discapacidad física del área rural son más desprotegidas que en las ciudades, porque se les identifica como personas inútiles y sin capacidad alguna, por eso no existen centros de rehabilitación y, como es de suponer, la transitabilidad por los parajes, por las chacras es imposible, aun en poblaciones con movimientos comerciales y turísticos más grandes que otros, como Yotala y Tarabuco, no existen las condiciones para el traslado. Las aceras son angostas y las calles empedradas. A los discapacitados del área rural les queda dos caminos: quedarse en su casa a esperar la muerte o migrar a la ciudad para lograr alguna posibilidad de sobrevivencia.
Vigilia de las personas con discapacidad  en el frontis de la Gobernación Chuquisaca

Según el registro que levantó la exCODEPEDICH, en Chuquisaca son aproximadamente seis mil las personas con discapacidad, pero es muy probable, como explicó Arminda, que el número sea mayor porque en las provincias de Chuquisaca la discapacidad es invisibilizada no sólo por motivos económicos o sociales, sino fundamentalmente por factores culturales.
Arminda Valeriano, que es representante de la vigilia en la puerta de la Gobernación, asegura que la pobreza, la discriminación y el abuso del poder en contra de su sector, ha generado la resistencia y la valentía de hombres y mujeres que desde sus sillas de ruedas, muletas y bastones, están interpelando al Estado. Están exigiendo el cumplimiento de la ley, están demandando inclusión y no están pidiendo a la sociedad su limosna, sólo quieren una vida digna.

“Me duele la prepotencia del gobierno, me duele como son tratados mis compañeros, pero todo esto me fortalece. Quiero que sepan que no soy distinta, soy como cualquier otra persona. Tengo mis bajas, me duele la espalda y el cuello, pero a pesar de todo conservo la alegría de vivir”.
Javier Calvo Vásquez

Sucre, abril de 2016

miércoles, 30 de marzo de 2016

TAN CERCA


Estoy tan cerca que la piel se estremece
los fantasmas se extravían
y mueren las ausencias
en este viaje se desvanecieron los deseos
y el tiempo ahora no tiene principio ni final

Estoy tan cerca que los
ojos y la boca se juntan 

dicen que allá 
la lluvia se detuvo
que el sol dejó de arder

y que el viento abandonó a la partida.

lunes, 21 de marzo de 2016

YA NO ES NADA








Esta locura nubló al tiempo
Está raquítica y hambrienta locura
Se desespera, golpea y vuelve a despertar
La locura desafía al miedo
Y enfrenta al dolor
Hoy, el silencio está mutilado y descansa en el tapete
Junto a la ficción de tu voz
A la ficción de mi nombre
Cerrar los ojos y perder de vista a la muerte, a la vida

En este instante que ya no es nada


lunes, 29 de febrero de 2016

MALENITA


Escondí tu inocencia debajo de la luna
maletas blancas, ruana café y sandalias rosadas
malenita abandonó la casa y bailó a media noche
dicen que se enamoró un día
y dicen también que abre sus ojos   
mientras besa para reconocer su nombre.
Malenita empieza a dormir
apoyada en un árbol azul,
La última vez que la ví
columpiaba para alcanzar al cielo
y reía y gritaba cada vez más fuerte.

…Malenita, espero detrás de la luna
y descanso junto a las mariposas que guardaste
en mi bolsillo de nilón.




miércoles, 20 de enero de 2016

LA CIUDAD


¿Dónde está la ciudad? ¿Dónde termina la ciudad? Hemos construido una ciudad imaginaria, estamos enamorados de sombras azules que no permiten ver más que palacios, iglesias y conventos, arcos del triunfo, románticos paseos por la arboleda y balcones florecientes. ¿Dónde comienza la ciudad? ¿Desde dónde podemos ver la ciudad?

miércoles, 13 de enero de 2016

ESTOS SUEÑOS


Este laberinto de espuma encuentra una puerta entreabierta por donde ingresan voces desconocidas, a veces gritos y silencios, también desconocidos.

Por medio de las rajaduras de esta ventana, Malena baila dando vueltas y de puntillas.

Es las seis de la mañana, aún las aceras no empezaron a correr y el rocío que se mezcla entre mis cabellos, no tiene miedo de enfrentar al sol.
Son estas imágenes que saltan y desafían al tiempo,

Son estas imágenes que construyeron retiros y tristes mentiras para fingir no sentirse solas.






miércoles, 9 de diciembre de 2015

EL ICH’U DE POCOATA: HAY QUE TENER PELOTAS PARA ENTRAR AL CENTRO DE SUCRE


Sentado en el borde del muro descolorido, el Ich’u juega con el equilibro, sujetando su delgada voz en el charango a quien abraza como a una wawa de pecho. Las cuecas, los huayños y los bailecitos nos ayudaron a tragar a ese infame trago mezclado con Yupi. Él cantaba sin descansar con los ojos cerrados, y yo, a su lado, le pasaba de rato en rato el vaso desportillado lleno de alcohol.

Luego de 20 años me encontré con José Luis Santander, el I’chu, caminaba despacio por la calle Arenales rumbo a la Plaza 25 de Mayo y en medio del acostumbrado “¿cómo te va?” le comenté que lo vi en la televisión cantando y zapateando en un programa dominguero, así es, dijo José Luis, como hasta ese día creí que se llamaba. Con cierta seguridad, mencionó que hace siete años decidió vivir de la música y aseguró que no hará otra cosa en adelante.
Quedé sorprendido, y porque no admitirlo, forrado por una profunda envidia, para compensar ese sentimiento le propuse entrevistarle, de esa manera saber cómo es esa historia de vivir de la música.
Quedamos en encontrarnos al día siguiente a las seis y media en la Plaza 25 de Mayo. Felizmente ese día no llovió y caminé despacio desde mi trabajo repasando mentalmente las preguntas y el rumbo que pretendía dar a la nota. En el centro de la plaza José Luis estiraba el brazo y la mirada mientras  sostenía el celular con la otra mano.

Antes de iniciar la entrevista afirmó con cierto orgullo ser de Pocoata, un cantón de la provincia Chayanta en el departamento de Potosí. Hijo de artistas, como resaltó en muchas oportunidades. Su mamá de Chayanta cantaba los huayños al compás del charango pocoateño de su padre. En ese escenario creció junto a los charangos, quenas  y guitarras, pero sobre todo, cerca del huayño.
I’chu no solo es un nombre artístico, es el título que construyó su identidad. Recuerda que en la década del 70, cuando aún era niño, en Pocoata no había energía eléctrica ni peluqueros, un día cansado de ver cómo el cabello le crecía sin norte alguno, tomó una tijera y cortó su larga melena siguiendo la ruta de la circunferencia que marcaba las cejas, quedó algo así como un cerquillo prolongado, sus mechas -como suele llamarlas- caían tiesas desde el centro de la coronilla,  “solo el viento podía desordenarlas” se ríe el Ich’u. Con esa pinta fue relativamente sencillo darle el nombre de “Ich’u wasi” (casa de paja).
Cuando conocí a Ich’u -durante los primeros años del 90- se presentaba como José Luis Santander, mas sus amigos íntimos le decían en tono de burla Juselino, pensé por entonces que se trataba de una broma y con esa idea me quedé hasta el día de la entrevista cuando me aseguró que su verdadero nombre es Juzelinho Santander Gamón, su abuelo le puso ese nombre en recuerdo de un viejo presidente de Brasil.
Llegó a Sucre cuando tenía nueve años, su hermana le inscribió en el colegio Junín y como a todo nuevo estudiante la profesora le pidió que se ponga de pie y diga su nombre:
-Soy Juzelinho Santander,
¿Cómo?, replicó la profesora y ordenó que escriba en la pizarra su nombre, él así lo hizo, pero la maestra gritó en tono de burla que ese alumno ni siquiera era capaz de escribir su nombre. Retornó a su casa decidido a no volver jamás a ese colegio, en ese momento su hermana le propuso cambiar el nombre de Juzelinho a José Luis, así salió bachiller, ingresó al servicio miliar, a la Universidad de San Francisco Xavier y a la Normal de Maestros.
Si bien abandonó su nombre, nunca dejó al charango ni al huayño, por eso -a su retorno de Pocoata- traía nuevas canciones con las que hacía zapatear a sus amigos de Sucre hasta hacerles “sudar” la espalda. A mediados del 2008 un día resolvió dejar de ser José Luis o Juzelinho y dijo: desde ahora seré “Ich’u de Pocoata”; de ese modo se presenta en las radios, en las fiestas y conciertos junto a su guitarrero y a las dos bailarinas que semana tras semana cambian el pantalón por la pollerita corta.

“Sabes hermano, en mi pueblo ya nadie tocaba charango y muy pocas se ponían pollera, esa situación me empujó a decidir por la música, existen tantas canciones que si no se las difunden se perderán con los años”.
Muchas de las canciones que interpreta son de su composición, otras fueron rescatadas de los carnavales, de las fiestas patronales, de Semana Santa, Todos Santos y de la Navidad. Poco a poco logró ser reconocido y aplaudido siendo en la actualidad muy popular en El espejito, El torito, El arquito y Doña francisca, locales donde circula y se reproduce el huayño y el tinkuy, el Ich’u resalta que ahí se divierten los provincianos, “los migrantes con jean y ojotas”.
El Ich’u desvela que desde hace algunos años el estilo que se impone entre todos los huayñeros es el huayño-cumbia, donde no solo se incorporan nuevos instrumentos como el saxo, la quena e incluso la batería, la letra de las canciones es otro elemento diferenciador porque describe a los bares, a los micros, al taller mecánico, a todos los escenarios donde cohabita el migrante de las provincias. A esta hibridación musical el Ich’u añade el singular “punteo pocoateño”.
Hasta hoy grabó cuatro discos, pero -como subraya- no vive de su venta porque la disquera es la única favorecida ya que el artista cancela por la grabación seis mil bolivianos y seis bolivianos por cada disco impreso, “en mi caso, solo vivo de los contratos”. Sin embargo, desde hace algunos meses, Juzelinho vende personalmente sus discos enfrentando a la piratería que comercia en tres, cuatro y cinco bolivianos.
Juzelinho, más conocido como Ich’u de Pocoata, asegura que un día logrará la fama de los Kjarkas, pero sabe antes que debe bajar de las laderas y asentar su música en el centro de Sucre.
“Te apuesto que un día me presentaré en la Plaza 25 de Mayo y haré gustar mi música, lo que pasa Javier es que hay que tener pelotas para ingresar al centro, es la única forma para que te conozcan y aprecien tu música”.
Si algo también caracteriza al Ich’u es su osadía, siempre le gustó desafiar a la normalidad y a la quietud del río, por eso hoy está empeñado en enfrentar a la cotidianidad sucrense presentando su quinto disco en el Teatro Gran Mariscal, ahí quiere ver a su público zapateando en las butacas y jaleando hasta dislocar las muñecas, sueña que el huayño pocoateño se apropie del gran teatro, de sus pasillos y de sus duendes.

Juzelinho siempre fue un borracho responsable y respetuoso… todo un caballero, decían las mujeres, por eso que al comenzar las farras entre amigos, él cantaba de acuerdo al gusto de la concurrencia; las cuecas, los bailecitos, las románticas de Ricardo Arjona y Leodán, pero cuando la fiesta culminaba y cada cual trastabillaba en ese cuarto de cuatro por cuatro, el Ich’u cantaba para sí sus románticos huayños, el aliento del trago barato, el cerrar de sus ojos y la agonía de su voz desconsolada repetía el mismo verso:
Estoy sufriendo me duele el alma
Es tan penosa mi situación
Quiéreme siempre
No soy tan malo
Sin ti mi vida ¿qué va a ser?
Se ha terminado, triste el ayer...


Javier Calvo Vásquez
Sucre, diciembre de 2015

Nota. Las fotografías son de propiedad del Ich'u extraídas de su página de facebbok.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA FOTOGRAFÍA QUE ENCUENTRA Y NO BUSCA

Estas fotografías están vinculadas por signos que posibilitan reconstruir una historia. Son familias jóvenes asentadas en las laderas de la ciudad de Potosí, cada una guarda diferente significación, mas esconde memorias comunes que marcan  nuevas configuraciones culturales. Desde la fotografía podemos leer el país que circula por las calles, porque ese momento, como diría Roland Barthes, “ha sido” y ese privilegio de haber sido nos ayuda a creer.

Entonces, este caminar que no busca absolutamente nada, se encuentra y se halla, son esos momentos que comparto con ustedes sin ningún afán de lograr su crítica (mala o buena), de mi parte ya me siento feliz vivir ese instante, lejos del sensacionalismo mediático y del romanticismo que provoca lo popular, pero cerca de la belleza que no tiene nombre y proyecta lo cotidiano.