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martes, 10 de marzo de 2015

LAS Y LOS QUE HAN SIDO

Son textos antiguos acompañados por fotos más viejas aún tomadas por una cámara Nikon (Con rollo. No recuerdo el modelo) Comparto este material con ustedes porque no es justo que continúe entre las rendijas de mi computadora, no es justo por lo que representaron  en ese momento (han sido) y sería bueno que en adelante tomen vuelo para que sean  lo que el espectador desee.




Hace muchos años estas banquetas agujereadas todavía esperaban en la plazuela del Guereo, acompañadas por algunas piedras, un pilón erosionado y un árbol polvoriento, hoy ya no queda nada, todo fue barrido. Qué momento más especial, ese que describía perfectamente al abandono. Luego de copiar esta foto, la observé y sentí que ese cuadro reproducía ausencias que merecían ser descritas.
“Si podrías recordar las historias que sobre ti quedaron y si aún lograrías controlar a la espera, quizás mi confesión apoyada estaría en vos. Cuantas veces deseaste marchar, ir lejos, dejarlo todo, no te permitieron los malos olores y la insistencia del descolorido adiós. Te dejaron sola, se fueron llevándose tu madero y el pretexto que construiste al llegar”.
Foto: Sucre, enero 2004 
Texto, Sucre, abril del año 2006
 En una  vieja pared de la calle Gato pardo (Sucre-Bolivia) estaba este aro oxidado, seguramente, dije, hace mucho tiempo que nadie juega aquí, sentí pena por su abandono, de alguna manera lo humanicé para reproducir la sensación de olvido.


Todas las tardes se detenía el suspiro en el ventanal. Eran las voces trashumantes que depositaban antiguas angustias. Y tú, ahí observando, riendo, llorando, gozando… sufriendo por otras emociones.
Hasta que construiste tus propios motivos, tu propio dolor. Las voces que jamás habían oído de ti, se sorprendieron y desde entonces, es otro el lugar donde dejan su risa y el mal humor. Tú, ya no esperas, aprendiste a no preguntar y a sonreír sin darle un nombre o un porqué.

Foto: Sucre, enero 2004 
Texto, Sucre, abril del año 2006
Javier Calvo V.



martes, 3 de marzo de 2015

DORMIR EN LA PLAZA




Chelo y quena
Dormir en la plaza es habitual para los trashumantes pasajeros que detienen su caminar debido a la somnolencia de sus pasos. En una de esas tardes calurosas este chelista, después de una corta siesta, buscó sombra, sacó su instrumento del forro descolorido y sin más presentación se puso a tocar, en realidad no sé si se trataba de música barroca, jazz o la fusión entre ambas. Se unió a él una muchacha que antes de sentarse ya hacía sonar su quena. 

A ella le vi una un día antes, la recuerdo porque tocaba la quena abriéndose pasó por la calle Loa, entre la muchedumbre de las seis de la tarde, quedé seducido por los sonidos raros que salían del instrumento, ella como Hamelín y yo como una pequeña rata que se dirigía al centro de la tierra. De repente sentí que la ciudad tragaba al sonido y quedé solo en una de las esquinas.
Los que caminaban por la plaza creían no reconocer los hilos de voz del chelo y la quena, y yo, desde otro rincón, observaba a sus risas que se liberaban sin importar cuántas monedas hacían eco en el sombrero agujereado. Al poco rato llegó otra muchacha con quien se pusieron a conversar, luego guardaron el chelo y acomodaron la mochila, pero la quena no dejaba de sonar, en eso, volvieron a reír y bajaron rumbo al mercado central.

 El desafío


Mientras retornaba a la oficina, me llamó la atención dos pies que sobresalían de uno de los rincones del monumento a Bernardo Monteagudo, dormía sin roncar y sin soltar la bolsita verde con hojas de coca. Desde que se hizo famoso por haber desenterrado en el botadero del mercado central una maleta con mucho dinero, su jovialidad fue enclaustrada, su humildad se abrigó con otro gesto. Chicho Hebia le hizo llorar en la televisión y quiso redimir al mundo utilizando su inocencia, le obligó devolver todo ese dinero a cambio de unos cuantos billetes y algo de ropa. Desde ese día ya no me reconoce, antes se sentaba en la patilla de mi trabajo e intercambiábamos saludos, fumaba un casinito con el piccho que reventaba sus cachetes y trascendía toda la plaza.
Ahora entra y sale de la Gobernación como si fuera su casa, se apoya en uno de los pilares y observa con cierto desdén y vuelve a picchar. Sé que muchos le prohibieron dormir en la plaza, porque ya le dieron un cuarto donde vivir, pero no, él necesita que su desafiante irreverencia continúe riéndose de nosotros.
Javier Calvo

lunes, 16 de febrero de 2015

DEL TIEMPO


El tiempo es un espacio ficticio, el punto exacto del deseo, pero también de la nostalgia. El tiempo abandonó a la mirada, a la sombra del retiro, al corazón que, como el árbol, deja pasar al viento, a la lluvia, al sol y a la noche.

miércoles, 28 de enero de 2015

PASEOS EXTRAÑOS


Hemos retirado todos los arbustos esta mañana, el amanecer se levantó pausadamente y su brillo calentó los rostros, las manos y los ojos. El sol se extendió tanto que le perdimos de vista y el cielo se volvió azul, de ahí para adelante las nubes pasaron de rato en rato dibujando figuras que se desvanecían, morían o simplemente cambiaban de forma.

Una mañana, de hace muchos años, me levanté antes que salga el sol con la intención de sacar fotografías de los primeros rayos de luz, me aposté en un cerro llamado Garcilaso (Sucre) y esperé junto a los ladridos desesperados y los curiosos focos que recelaban entre las cuatro paredes de adobe visto. Hasta que llegó el sol, tardó 30 minutos para apropiarse por completo del cielo. Como un loco abrí el zum e inmediatamente lo cerré buscando todos los ángulos posibles mientras el naranjo intenso se hacía cada vez más blanco. Después, el cielo tomó su color normal y empecé a bajar, en mi paso me encontré con las señoras que barrían la acera, con los panaderos que cuidaban sus manos del pan caliente, con los perros que presurosos salían de sus casas a orinar, con los albañiles que empujaban sus bicicletas y con los autos que calentaban sus motores mientras el rocío yacía en los parabrisas.

Antes de llegar a casa me detuve en el mercado central a tomar un api caliente con tres buñuelos acompañado de otros madrugadores con quienes compartí cada sección del periódico, unos preferían el deportivo, otros los clasificados, yo leí los titulares de la portada. Llegué a casa e inmediatamente bajé las fotografías a la computadora, al momento de revisar cada toma encontré detalles que en su momento no me percaté, como los reflejos de las montañas, las sombras de los árboles, los colores que no tienen nombre y dibujan circunferencias alrededor del sol, casas pequeñas que apagan la luz. Ahí comprendí que a veces ponemos todo el esfuerzo en querer eternizar los momentos y descuidamos otros detalles que son parte del todo, que dan armonía y belleza, en eso interviene el ego del fotógrafo para complacer a su sonrisa en el espejo y al aplauso colectivo, quedando al margen el sentido de cada circunstancia.

Entonces asimilé que la fotografía no podía ser una pasión, una profesión, menos una necesidad, para mí únicamente es el instrumento para transmitir sensaciones y compartir circunstancias, por eso continúo fotografiando a los diversos rostros de la naturaleza, comprender así que soy parte de ella, como el viento, el sol, la lluvia, el cielo, las montañas, los árboles y el mar, así de mutables, por tanto, impermanentes.
El salar y la luz                                                             
Pasaron muchos años desde la última vez que fui al salar de Uyuni, en la década del 80 este lugar generalmente era visto como el yacimiento que proveía de sal para nuestras comidas, y Uyuni, el paso para varios campamentos mineros de Potosí como Atocha y Telamayu  por entonces vi al salar con esos ojos, lo que justifica por qué preferí el calor del Toyota Land Cruiser que el frío gélido del salar y sus mil colores y sus ilusiones psicodélicas y su magia y su instante lunático y su poético silencio.
Viajé con Samuel, mi hijo, rumbo al salar por donde pasaron las motos y autos del Dakar, queríamos conocer por qué ese destino es uno de los atractivos turísticos más importantes del país. Mi pasó por Potosí trajo muchos recuerdos, y con ellos, los arrepentimientos… La carretera polvorienta y llena de calaminado había sido sustituida por el mudo asfalto, pero aún estaban las rocas que tienen formas como aquel que se parece a un sapo. Pasamos cerca del río San Juan, por los centros mineros de Porco, Agua y Castilla, las pampas y las casas solitarias que parecían desaparecer. Al llegar a Uyuni sentí a un pueblo extraño en su propia tierra, mochileros por aquí y por allá y el lodo resbaladizo que dificulta cruzar las avenidas y calles. Por todas partes también aparecían agentes de turismo ofreciendo un paseo por el salar, prometían puntualidad, comida fresca y vegetariana, agua y gaseosas, comodidad, además de un guía profesional, tampoco no reservaban insinuaciones para desacreditar a los agentes de la competencia, es así que caímos en la tentadora oferta e hicimos los tratos.
Luego del fallido intento de comer algo, decidimos tomar un taxi que nos lleve al hotel, dimos la dirección y el taxista inició la marcha zigzagueante por los baches de calles de tierra o a medio enlosetar, después de avanzar dos cuadras el alumbrado público solo se encontraba en las esquinas quedando con la luz del auto, frente a eso nos pusimos nerviosos e imaginamos en silencio y al unísono lo peor, “quizá nuestros cuerpos los boten al salar o en el mejor de los casos únicamente nos roben las cámaras y la billetera, así nos dejarían un poco lejos pero no tanto”, de pronto la movilidad se detuvo frente a un portón que tenía un pequeño foquito, el taxista muy educadamente nos saludó y cobró ocho bolivianos, “este es el hotel” dijo y salimos rápidamente.
Ya en él, nos registramos y buscamos la habitación en medio de un gran patio oscuro, los cuartos estaban alrededor y gracias a una pequeña linterna llegamos al nuestro, la llave no era de un chapa sino de un candado, entramos y estábamos frente a tres camas arbitrariamente acomodadas, un televisor en un rincón que solo se podía ver desde una de las camas, la puerta vidriera del baño era transparente truncando cualquier posibilidad a la intimidad.

En realidad no importó mucho ese detalle porque necesitábamos descansar y así lo hicimos. Despertamos temprano, pedimos café caliente con dos panes mermelada y mantequilla,  Samuel añadió un revuelto de huevo, felizmente no tardaron mucho.
Cuando salimos del hotel pedí factura, mas el recepcionista lo tomó como una ofensa y muy molesto aseguró que ahí no se daba nada de eso y si necesitaba realmente que vaya a reclamar al otro hotel que tenía el propietario, salí molesto y con la esperanza de encontrar lo antes posible un taxi que nos lleva a la agencia de turismo para empezar el recorrido por el salar. Como es de suponer fue vana nuestra espera por lo que decidimos caminar, a los pocos minutos nos sorprendimos  al constatar que del hotel al centro de Uyuni simplemente separaban cuatro cuadras.
Si bien el compromiso de la agencia era comenzar el recorrido a las 10:00, en realidad iniciamos a las once de la mañana, entramos siete personas a una vagoneta 4*4: dos chilenas, dos argentinos, un peruano y nosotros (bolivianos), el guía (que era el chofer) sabía lo mismo o aun menos que nosotros sobre el salar. El Cementerio de trenes tiene su atractivo, lamentablemente no hay quien cuide ese lugar ojalá que en algún momento no se “vaya a perder”. Como llovió una noche antes, Colchani, donde se procesa la sal yodada, estaba lleno de lodo por lo tanto no se podía caminar con facilidad y menos conocer el lugar.

De ahí para adelante, naturaleza pura que cambia cada instante  de color y forma, por eso es inútil teorizar al respecto, es mejor callar y sentir su silencio aunque no es muy fácil por el ruido que hacen los turistas sacando fotos, otros saltando y haciendo trucos de perspectiva con sus cámaras.

Después de tres horas de conocer al intenso salar que enceguece al sol y a la transparencia de sus aguas que no van ningún lado, a las nubes que parecen estar debajo del cielo y posadas sobre las montañas, llegamos a un hotel de sal donde debíamos almorzar, el chofer dejó en una mesa de Coca Cola las carnes (chuletas) frías, el arroz, una bandeja con pepinos y tomate, le preguntamos  qué es de la comida vegetariana, simplemente contestó que no sabía nada y que eso “nomás le entregaron”. Pedimos un salero, ¡uhh! sorpresa, decía en letras pequeñas, “Hecho en Chile”, todos se rieron. Si bien esos pormenores no importan en definitiva,  pero creo que no tiene mucho sentido consumir en el centro del salar de Uyuni sal de otro lugar. Posteriormente llegamos al sitio más impactante porque gracias al agua que bordea el salar, este se convierte en espejo logrando confundirse con el cielo, las montañas y las nubes.

Retornamos contentos, quedamos emocionados y reconfortados porque conocimos el salar que en sí es complicado y simple a la vez, como un cuadro gigante que cambia de tonalidad, de brillo y contraste (como cada instante de la vida), que invita a no pensar y a callar, es el salar que seduce con su luz y permite liberar a los sentidos
Javier Calvo V.
Sucre, 28 de enero de 2015 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

SUZANNE


Detuve la mirada en la espesa inmensidad que desenfocaba su perspectiva. El silbido se abrigó en las notas melancólicas de una canción de Leonard Cohen (Suzanne), se abrió paso entre el ruido y animó a mis pasos sin que logre despejar a la mirada.
Las calles se ampliaron y la ciudad creció como un globo, un espejo retrovisor. La mirada -sin el menor esfuerzo- se enteró simultáneamente de las más grotescas intimidades y los hechos más sorprendentes: las carteras extraviadas, la pelea de dos niñas, el beso desordenado de dos ancianas, la desesperación de dos perros que no podían separar sus colas, mientras tanto Cohen empujaba a mis pasos.

El viento continuó dando vueltas por la mirada detenida, traspasó las paredes y salió por las ventanas, el calor logró acomodar su color en mi rostro y su vuelo quedito viajó al ritmo de Suzanne.
Cuando el silbido simulaba escurrirse entre la muchedumbre, su eco aún guiaba mi caminar, de pronto, como si fuera un sacudón de fortalezas, toda la canción retumbo en mis oídos y tropecé, y caí y se perdió la mirada.
Tú seguías silbando, me encontraste, yo te alcancé; como si fueras Hamelín me sacaste, me trajiste y empezaste a reír, te echaste a mis brazos, buscaste mis labios, y yo, maduré la mirada.
Suzanne seguía sonando en mí, la cobijé y supe que no podía volver. El calor acomodó su color, el viento dejó de viajar y el amor perdió el nombre.
Abrí los ojos ese mañana de diciembre, la lluvia ya se había marchado sólo quedó su brisa y pequeñas gotas que se escurrían entre las hojas de ese robusto árbol, al frente estaban las montañas y el cielo amarillento mostraba claros de luz.

Desde entonces estoy aquí, con la piel quebrada, con los oídos y los ojos abiertos, y con Suzanne, que se mezcló con tu mirada y tu sonrisa transparente.
Javier Calvo V.

24 de diciembre de 2014